La comunidad judía de Palermo

Parashat Tzav

Cómo un fuego puede encender otro
por Rabino Rami Pavolotky
En la parashá de la semana, Parashat Tzav, existe un especial énfasis en el tema del fuego que ardía en el Mishkán, el Tabernáculo, el templo móvil en el desierto. Leemos, por ejemplo: “Y el fuego sobre el altar arderá en él, no habrá de apagarse, y quemará sobre él el sacerdote leños, mañana tras mañana… un fuego perpetuo habrá de arder sobre el altar, no habrá de apagarse” (Vaikrá 6:5-6).

Sobre esta cuestión de los fuegos, Rashi comenta que los sabios del Talmud están divididos en sus opiniones. Pero además de esto, nos recuerda algo muy interesante con respecto a dos tipos distintos de fuegos que ardían sin cesar en el Mishkán.

Por un lado tenemos el Ner Tamid, la lámpara perpetua que se ubicaba en el recinto interior del Mishkán. En realidad, el Ner Tamid era una de las siete luces que conformaban la Menorá, el candelabro. Hasta hoy en día, todas las sinagogas poseen, arriba del Arón ha-Kodesh, una luz que está siempre encendida y que es llamada también Ner Tamid, en recuerdo del Ner Tamid del Tabernáculo.

El Ner Tamid es símbolo de la Torá, de la enseñanza. La luz que irradia se asemeja a la luz que emana de la Torá. Estudiarla nos ilumina, alumbra el camino de la vida.

El otro fuego que recuerda Rashi en su comentario es el Esh Tamid, el fuego perpetuo que ardía sobre el altar, ubicado en el recinto exterior del Mishkán. Este fuego servía como base para el fuego que quemaba los sacrificios. Debía arder siempre, por lo que los cohanim tenían que alimentarlo cada mañana con nuevos leños.

Un aspecto interesante de estos dos fuegos es que cuando el fuego del Ner Tamid se apagaba, debía ser encendido con el fuego del Esh Tamid. Es decir, la luz que iluminaba el recinto interior y más sagrado del Tabernáculo, el fuego que simbolizaba la luz eterna que irradia la Torá y que ilumina el camino de los que la estudian, debía ser encendido desde un fuego que se ubicaba en la parte exterior del Mishkán, junto al altar de los sacrificios.

Creo que podemos aprender de aquí una importante lección: el fuego de la Torá, el fuego de la tradición judía, debe ser alimentado cada día “desde afuera”, desde lo externo. El fuego de lo espiritual, de lo que da sentido a nuestras vidas, debe ser alimentado día a día con el cuerpo, con la acción, con el esfuerzo, con la acción cotidiana.

La tradición judía es hermosa y preciosa como la luz, pero no se transmite sola ni por ósmosis. Tener una mesa de shabat y poder disfrutarla es fantástico, pero para eso, antes debemos cocinar, limpiar la casa, intentar aprendernos las bendiciones y los cantos, invitar amigos a comer, etc.

Que nuestros hijos aprendan en una escuela de qué se trata el judaísmo es maravilloso, pero para eso, debemos luchar mucho como comunidad para mantener y mejorar nuestra escuela, llevar y traer a clases a nuestros hijos, acompañarlos en el proceso de aprendizaje para que vean que para nosotros es importante lo que ellos aprenden, etc.

El fuego de la tradición judía debe ser alimentado con acciones concretas día a día. De lo contrario, se va apagando de a poco, pierde fuerza, pierde brillo, pierde calor, pierde vigor. Si no alimentamos día a día nuestro judaísmo, éste se apaga, se pierde… y luego es muy difícil recuperar el fuego perdido.

Ner Tamid y Esh Tamid, esos dos fuegos perpetuos que ardían en el Mishkán, eran perennes porque había quien los alimentaba diariamente. Si de verdad queremos mantener viva la llama del judaísmo, que la luz de la Torá ilumine nuestras vidas y las de nuestros hijos, entonces debemos actuar día a día para alimentar ese fuego, para que sea perpetuo, Tamid. Pero además, nunca debemos olvidar que para disfrutar de altos niveles de espiritualidad, belleza e intelectualidad, debemos trabajar arduamente con acciones concretas, con esfuerzo físico, paciencia y perseverancia.

¡Shabat Shalom!

Fuente: “Unión Judía de Congregaciones de Latinoamérica y el Caribe”, Tzav 5772, https://ujcl.org/Ujcl/?p=2434