Vaerá – 5778

Por Rabino Daniel Kripper – Beth Israel Aruba

Nuestra Parashá, que narra los avatares de los hijos de Israel en Egipto, en su lucha por salir de la esclavitud, presenta la clásica cuestión de ser o no ser libres.  ¿Quién decide si vamos o no a ejecutar determinada acción? ¿Es sólo nuestra elección o está por detrás algún factor externo que influencia nuestra decisión?

Es sabido que el don del libre albedrío ejercido por cada persona en forma correcta, es un principio cardinal de la fe judaica. Sin embargo he aquí que en nuestra porción de la Torá, se estaría cuestionando este fundamento a través del relato del “endurecimiento del corazón del Faraón”.

Veamos el versículo en cuestión:

“Mas Yo endureceré el corazón  del Faraón e incrementaré mis señales y portentos en la tierra de Egipto” (Ex. 7:3).

¿Acaso estaba en el poder del Faraón decidir si dejar salir o no a los esclavos hebreos? Si es que no, ¿Por qué razón fue tan severamente castigado por negarse a su liberación? ¿No se trataría aquí de un caso de injusticia hacia  Paró, el monarca egipcio?

Una respuesta a este crucial interrogante proviene del gran Rambam, quien sostiene que el ser humano está plenamente capacitado para elegir el camino que desea emprender. Esto también se aplica aun en el caso del Faraón, quien según el mismo texto bíblico, endureció su corazón en respuesta a las cinco primeras plagas, siendo que se vio privado de la facultad de elegir sólo por el resto de las mismas.

Esta tesis está avalada por una enseñanza de un sabio del Talmud, Resh Lakish, en su comentario sobre el proverbio:

“Con los arrogantes es también arrogante, otorga su favor a los humildes” (Pr. 3:34). Dice Reish Lakish: “Si la persona trata de deshonrarse, ella tiene esa opción; pero si en cambio trata de purificarse, se le brinda una ayuda” (Shabat 104ª).

En este sentido la vida se asemeja de algún modo a una pirámide resbaladiza, con nosotros en su cima, y en la cual se nos ha sido concedida la potencialidad de escoger entre posibles vías.  Cualquiera sea la elegida, una vez iniciado el movimiento, se torna cada vez más fácil proseguir camino, y más difícil dar marcha atrás. Esto fue precisamente lo que ocurrió con el Faraón en Egipto, quien no se dio cuenta que estaba del  lado errado de la historia, y no supo reaccionar a tiempo, y evitar así las gravísimas consecuencias de su arrogancia y envanecimiento.

De este modo la respuesta del Faraón se convierte en metáfora de cómo nuestro  libre albedrío puede llegar a esfumarse, en la medida que nuestro corazón se reviste de dura coraza y se desensibiliza, y consecuentemente nuestra condición humana se degrada, hasta un punto sin vuelta atrás.

Fuente: “Unión Judía de Congregaciones de Latinoamérica y el Caribe”, Vaera 5775,

Vaera 5775