Shoftim – 5777

De límites y otras barreras

Es seguro que toda cultura, como todo ser humano, como toda vida, irá cambiando, irá muriendo para renacer, irá mutando, irá avanzando. El miedo a lo desconocido nos hace temer a los cambios, a la muerte de lo conocido. En el caso de la cultura, como en todos los demás, tenemos miedo de lo inevitable. Relajémonos ya que cambiaremos a pesar de nuestros temores.

Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Si para nosotros es solo concebible el más absoluto de los respetos con nosotros mismos, y nos vamos liberando, siendo felices y nos entregamos a la tarea del amor, entonces, cuando amemos, va a ser inconcebible el autoritarismo, la imposición, la menor falta de respeto; vamos a reconocer nuestros errores y los del otro. Si nosotros, a modo de ejemplo, no canalizamos el enojo a través del insulto, siendo inaceptable aun en nuestra soledad, entonces también lo será para con el otro.
Cuando decidimos no canalizar la ira en palabras que nada aportan, en cataratas de insultos, en verborragia que aumenta nuestro malestar, ni siquiera en pensamientos, entonces el cambio es para con nosotros mismos. Todavía no nos vimos con otro, pero cuando lo hagamos es seguro que no habrá insultos. Por eso no es válido creer que es el otro quien “nos puso de este modo” o “nos hizo insultarlo”.
Si el insultar no está en nosotros, cuando nos encontramos con un otro jamás nos va a parecer viable insultar o aceptar un insulto, de cualquier índole. Si el otro viene con su vocabulario que consideramos ofensivo, podemos pedirle por favor que no se exprese así. Es aquí donde el cambio de mi mundo es el cambio de nuestro mundo, porque ya somos dos en esa tarea. Si no nos gusta levantar la voz, jamás levantemos la voz; de igual modo con respecto al golpe, a la agresión física, que pasarán a ser impensable para nosotros. La imposición, la dominación y la posesión serán atrocidades que nos causarán muchísimo rechazo a ambos. Luego, al sumar a un tercero a nuestro vínculo, compartiremos con él nuestro espacio donde no hay golpes, ni imposición de ideas, se respeta la otredad, no hay escalafones sino de responsabilidad y de amor.
En el futuro con nuestros compañeros de trabajo, de estudio, amigos, con la persona a quien le compramos el pan y el médico que nos atiende, nos comportaremos de la misma manera.
No vemos con lentes tremendistas lo mejorable de los demás, porque lo trabajamos en nuestro interior y sabemos que los otros son espejos. Estamos buscando nuestra felicidad, y los demás no son los extraños que intentan derribar nuestro mundo, ya que la imposición de imágenes paganas, idolátricas no se nos cuela en nuestro ser. Cualquier ofensa o ataque no los tomamos como tal, logramos consolidar la imagen propia de nuestro ser. Queremos ofrendar, dar que es al mismo tiempo recibir, en lugar de odiar y conquistar.
Es así como el mundo va siendo otro, lo vamos transformando en un espacio donde no hay lugar para la guerra. En un mundo así es impensable que personas fabriquen armas y vayan a matar a otros, porque el poder y los valores están ubicados en otro lugar. El ejercicio espiritual del vínculo con la otredad, el trabajo interior es admisible solo cuando hicimos los ejercicios anteriores: nos amamos a nosotros mismos. Ahora podemos encontrarnos con un otro y sentir “qué interesante, nos encontramos con alguien de otra cultura, de otra tradición, con otras creencias, de otro grupo, veamos… ¿qué podemos compartir? ¿Qué te podemos dar? ¿En qué te podemos ayudar?”.

La ley atrasa
Los seres humanos pactamos normas y códigos de convivencia, dictamos leyes intentando vivir, como sociedad, acorde nuestros valores. Con el paso del tiempo cambiamos las leyes por diferentes motivos. Los valores que las inspiraron han cambiado y por ende debemos volver a legislar según los nuevos valores. Suponemos haber encontrado mejores leyes para lograr que se plasmen nuestros valores en la vida cotidiana y también debemos cambiar las leyes anteriores. Al crear nuevas tecnologías, con los descubrimientos científicos y con los cambios de nuestro mundo, debemos legislar respecto de ellos; siendo que antes no existían, no hay leyes al respecto. Es por todo esto que debemos recordar que legislamos siempre luego de la realidad y no antes; es por definición que la ley atrasa, lo cual deja en evidencia que ley y justicia no son sinónimos ni van de la mano. Por ejemplo, durante siglos la homosexualidad no era un tema de debate, una vez que la realidad social hizo que nos enfrentáramos al tema, debimos, después del trabajo necesario, legislar sobre ello. Asumamos que la ley no es la verdad absoluta ni la solución segura de nada y que es provisoria, es solo un sistema, y que tampoco ha resultado de ese método el mundo de paz y bienestar para la mayoría que soñamos. Pensemos la ley desde una flexibilidad lógica, generemos en ella los cambios que sean necesarios para que atrase lo menos posible. Despleguemos nuestro potencial creativo no en favor de pocos, sino por la felicidad de muchos.

Rab. Damian Karo, Templo Libertad