La comunidad judía de Palermo

Parashat Shemini

(Octavo día)

Por Marta Kohan de Graizman

En el judaísmo, el número siete simboliza la perfección, es un número místico, con un equilibrio que debe mantenerse.

Siete fueron los días de la Creación, ¡el séptimo día creó el Shabat!  Y cuando terminó ese primer Shabat, según tratan de explicar nuestros sabios, al octavo día Adan y Eva comieron del fruto prohibido y fueron expulsados del Gan Eden.

Desde ese momento, se transformaron en seres humanos reales, con todo lo que eso implica.

Siete son los días de Pesaj en la Tierra de Israel. Ya fuera de Egipto comienza el uso responsable de nuestra libertad. Siete brajot en la jupá: luego del noviazgo, es el comienzo de la vida real en pareja, el desafío de construír una vida juntos. Siete días tiene la semana: la mística de empezar un nuevo ciclo es seguido por otra semana con la misma rutina. A partir del octavo día, el Brit milá. A partir de ahí el niño llevará consigo la marca del Pacto.

El número ocho es entonces un número especial, que nos remite a un nuevo inicio. El Talmud (kidushin 30-a) nos dice que la letra vav, que en hebreo es una línea recta vertical, está justo en Parashat Sheminí, Vaikrá 11:42, y es la letra del medio de toda la Torá, pudiendo marcar como una puerta, un hito hacia la segunda parte de la Torá.

En estos últimos shabatot revivimos la construcción del Mishkan (Tabernáculo) las instrucciones que recibieron los cohaním (sacerdotes) y los levitas respecto de los sacrificios y sus tareas específicas para la santidad. Los cohaním tuvieron siete días de entrenamiento (miluim). Todo ordenado y planificado.

El último capítulo de la parashá trata acerca de la pureza de los alimentos.

Moshé, Aaron, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo estaban preparados para el momento fundacional de la inauguración del santuario… “Entonces Aarón alzó sus manos hacia el pueblo y lo bendijo… y Moshé y Aaron entraron al Tabernáculo y cuando salieron y bendijeron al pueblo, la gloria del Señor apareció a todo el pueblo…”. En ese preciso momento, sucede la estremecedora escena: “…Nadav y Avihu, hijos de Aarón, tomaron sus respectivos incensarios, donde pusieron incienso No prescripto y presentaron así un fuego Extraño al Eterno. Entonces salió un gran fuego del Eterno que los consumió, muriendo así ante el Eterno”.

Y le dijo Moisés a Aaron: “…Yo seré santificado …y ante todo el pueblo seré glorificado…”

Y AARON PERMANECIÓ SILENCIOSO.

No podía ser más trágico este relato de la muerte de los hijos de Aarón, aparentemente por no haber comprendido dónde estaba la santidad.

También hay en este fragmento una situación difícil de entender, entre santidad y humanidad.

Refiere Rab. Y. Barylka que nuestra santidad no nace con nosotros por ser hijos de Abraham, Itzjak y Iaacov. Es funcional, ya que deriva de nuestra posibilidad de establecer una disciplina en nuestra conducta cotidiana que nos enseñe a abstenernos de aquellas actitudes prohibidas. Procede de hacer prevalecer nuestra fuerza intelectual para que a través de ella podamos decidir inteligentemente cuando nos encontremos frente a dilemas.

Nosotros como pueblo no tenemos ventaja ni somos mejores que otros, excepto cuando nos comportamos según las normas que recibiéramos. Para eso fuimos elevados de Egipto. Uno puede salir de la esclavitud de un opresor y caer en manos de otro. Para lograr la libertad, es necesario elevarse.

El Rab. Sacks explica, siguiendo la interpretación clásica, que “al igual que la fisión del átomo, que libera cantidades sustanciales de energía, el ritual crea fuerza, que puede ser positiva o negativa.”

En el relato de Cain y Abel, el primer acto ritual de la humanidad condujo al asesinato. Las “guerras santas”, la conversión forzada de fe, los deseos de dominación bajo un manto de santidad, nos demuestran que ser más extremos que la norma es peligroso.

El mandato no es inmolarse para ser santos. Es vivir plenamente dentro de la norma.

Cuando bendecimos “asher kidshanu bemitzvotav” (que nos santificamos con sus preceptos) antes de cumplir un mandamiento, decimos eso: es la norma la que nos santifica.

El mensaje de la parashá tiene que ver con la vida misma: el salto a la madurez, el valor del silencio, en una bisagra que transforma el símbolo 8 del infinito, en una vida dinámica de compromiso, reflexión y desafío.

Shabat Shalom.