La comunidad judía de Palermo

Parashat Bamidbar

Sueños de Insomnio

El primero era fantástico, con serpientes parlanchinas, mística y misterio. Familias, conflictos, amores, odios y rivalidades. La mejor novela de la historia.

El segundo, la revolución. La historia de un profeta que cambiaría la historia del mundo y que daría el primer paso a lo que los países modernos tardarían miles de años en comprender.  Historia llena de efectos especiales y la teofanía más sorprendente en el monte Sinaí.

Luego, la santidad. Sacerdotes, rituales, infinitas búsquedas para encontrarse con lo Divino.

Pero ahora comienza un libro poco prometedor: arena y soledad. Horizontes eternos, metas inalcanzables, finales demasiado lejanos. El desierto, Bemidvar. Allí donde las incertidumbres son más grandes que las certezas. Allí donde los caminos se vuelven tan infinitos que marean. Bemidvar: imponente, sublime, aterrador.

Todos tenemos un desierto por delante. Queramos o no admitirlo. Estemos listos o no para enfrentarlo. Seamos capaces o no de percibirlo. Siempre hay un desierto por delante en la vida, frío, inhóspito, particular y de soledad. La incógnita de lo que vendrá.

Bemidvar es el libro que plantea la resistencia a escapar a la libertad y la tendencia a quedar encerrados en construcciones y estructuras pre fabricadas, sostenidas por pretextos conformistas. Porque el desierto implica asumir responsabilidades y abandonar el lugar de confort (por más incómodos que estemos). El desierto obliga a construir en la nada, a hacernos cargo de lo que vendrá. Pero aterroriza.

¿Qué hacemos entonces ante el vasto desierto cuando lo miramos a la cara?

Comprender que, tal como nos enseña el célebre autor del principito, Antoine de Saint-Exúpery, “Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua”. Ante cada desierto, ante cada incertidumbre contamos con una fuente que nos nutre y nos permite llegar a nuestro propio destino. El agua simbólica es la clave para encontrar el camino que cada uno se proponga hallar.

Dicen nuestros sabios (Shir Hashirim Raba 1, 19) que justamente la Torá es como el agua. Ambos están en todo el mundo, de un extremo al otro. Ambos son fuente de vida y purifican el cuerpo. Así como el agua cae del cielo, del mismo modo la Torá fue entregada desde el cielo. Así como el agua cae gota a gota formando un río, de la misma manera cada palabra y letra de Torá se suman para formar un torrente de sabiduría.

Este Shabat es el previo a la entrega de la Torá. Este sábado permaneceremos toda la noche despiertos para bañarnos en aguas de Torá, para reafirmar que nos nutrimos con su mensaje de vida. Una noche de estudio, aprendizaje, enseñanza, música, diversión y búsqueda de mensajes para la vida. Una noche en la que dejamos de lado el sueño para ir en búsqueda de los verdaderos sueños. Porque tras la entrega de la Torá en el desierto, comenzamos el camino hacia la tierra de la promesa, esa tierra que nos esperaba para ser desarrollada, esa tierra que fue el anhelo de miles de generaciones. Esa tierra de la que fuimos exiliados una y otra vez. Esa tierra que, a pesar de volver al desierto, no se movió jamás de nuestros sueños de regreso. Esa tierra que solo con el trabajo, la vocación y la dedicación se hizo realidad y hoy es el mayor milagro de nuestro siglo. Porque como también nos enseña Antoine de Saint-Exúpery, «Haz de tu vida un sueño, y de tu sueño una realidad». En otras palabras, a pesar del desierto im tirtzu ein zo hagada (si realmente lo desean, no será un cuento).

¡Shabat Shalom!
Rab. Ioni Shalom