La comunidad judía de Palermo

Nasó – 5778

Por Rabino Joshua Heller

La parashá Naso de esta semana incluye uno de los textos litúrgicos del judaísmo más honrados a través del tiempo: la bendición sacerdotal.

¡El Señor te bendiga y te guarde!
¡Haga el Señor resplandecer Su rostro sobre ti, y tenga de ti compasión!
¡Alce el Señor Su rostro sobre ti, y te conceda la paz!
(Números 6:24-26)

Estos tres cortos y hermosos versículos, que Dios ordenó usar a Aarón y a sus hijos para bendecir al pueblo judío con el don de la presencia de Dios, del rostro de Dios, están profundamente arraigados en la memoria cultural judía. Pero además, plantean varios interrogantes importantes sobre el equilibrio entre el valor de la participación personal y el papel que juegan los intermediarios en la vida religiosa.

Los versos de la bendición sacerdotal están, de hecho, entre los más antiguos todavía en uso en la liturgia. Existe evidencia arqueológica que confirma que eran usados aun en el periodo bíblico; sus palabras están grabadas en rollos de plata encontrados en tumbas pertenecientes al siglo VII a.E.C. Para la época del Segundo Templo, su lugar en el ritual está confirmado como parte de una serie de bendiciones recitadas después del sacrificio de la mañana (Mishná Tamid 5:1) y, a criterio de muchos eruditos, constituye uno de los núcleos alrededor de los cuales florece la Amidá del esquema litúrgico actual.

En el antiguo templo, por supuesto, muchos rituales esenciales diarios del ciclo de vida requerían de la intrincada infraestructura de los Cohanim (sacerdotes) y Levitas, pero con su destrucción, la mayoría de estos ritos cayeron en desuso, dejando el ritual cada vez más en manos del individuo. Una gran clase de intermediarios fue eliminada. Los rabinos y cantores tomaron entonces el papel como un sistema sustituto de líderes religiosos, pero en la realidad, muchos de los rituales reservados para ellos según la práctica común o en deferencia a la ley civil son, de hecho, técnicamente válidos aun cuando son llevados a cabo sin el beneficio del clero. La mayoría de las plegarias se pueden decir en privado, si fuera necesario, y aun los rituales que requieren de un minián, necesitan solamente la presencia de 10 judíos y, tal vez, de alguien con la habilidad necesaria para dirigirlos, en lugar de un funcionario miembro de un grupo profesional particular o de casta hereditaria.

La bendición sacerdotal fue una excepción, y hasta hoy en día, en algunas sinagogas todavía se desarrolla como una impactante reproducción del ritual del antiguo templo, si no a diario, al menos en ciertas festividades. Los Cohanim, que se suponen libres de cierto tipo de manchas mentales, físicas y espirituales, se quitan los zapatos, puesto que todos los ritos en el templo se hacían descalzos, y los Levitas lavan las manos de los sacerdotes, en recuerdo de las abluciones ordenadas antes de cualquier ritual en el templo. Los sacerdotes se paran delante de la congregación, con sus dedos extendidos, y repiten las palabras de la antigua bendición a la congregación que está frente a ellos.

El papel y la responsabilidad de aquellos que dan la bendición es claro; sin embargo, ¿Cuál es la responsabilidad de aquellos que recibirán la bendición? ¿Deben estar presentes para recibirla? ¿Y qué pasa con los que trabajan en los campos y no les fue posible ir a la sinagoga? El Talmud (Sotá 38b) ofrece una conclusión inesperada: aquellos que están detrás de los sacerdotes (aun los que están dentro del recinto de la sinagoga), no reciben el beneficio de la bendición, mientras que, paradójicamente, aquellos que están en el campo, fuera del alcance del oído, que tal vez ni siquiera se dan cuenta de que están siendo bendecidos, disfrutan su pleno efecto. Sería demasiado trabajo para los que trabajan en el campo el venir a la ciudad a escuchar la bendición y después retornar a su labor, y son considerados como “anisi”, libres de culpa por fuerzas fuera de su control. Ni siquiera una cortina de hierro detendría el paso de la bendición divina. En contraste, aquellos que están en la ciudad, o hasta en la sinagoga, y no se toman el trabajo de venir a participar por unos pocos minutos, no merecen el beneficio de la duda.

Los sabios se hicieron cargo del significado de esta enseñanza, aplicándolo a aquellos que no podían llegar a la sinagoga para asistir a otro tipo de servicios (Rosh Hashaná 35a), pero de hecho tiene implicaciones mucho mayores en nuestros días. Vivimos en una época de especialización, en la que cualquier cosa, desde el manejo financiero hasta cocinar hasta dar a luz, puede contratarse. Aunque existen ciertos momentos en los que la presencia de un profesional, un experto o un asistente es apropiada, y hasta esencial, es peligroso aplicar este instinto demasiado ampliamente en el reino de la vida religiosa.

A veces el deseo de un sustituto es relativamente inofensivo. A menudo se me acercan para preguntarme si puedo orar por la recuperación de alguien que está enfermo: “Rabino, ¿puede usted hacer un mishebéraj para fulano de tal? Yo sé que usted no tiene idea de quiénes son, pero yo en realidad casi nunca voy a la sinagoga, y usted sabe cómo hacerlo…” A veces, por sensibilidad, anoto el nombre y lo añado a la lista sin hacer ningún comentario. Sin embargo, desearía que más a menudo me atreviera a insistir: “Por supuesto que rezaré por fulano de tal. Pero sería mucho más significativo si tú, como persona que lo aprecia profundamente, estuvieras presente para rezar también.”

Lo mismo sucede en niveles más preocupantes cuando instituciones o grupos ofrecen dispensas con tal de evitar la responsabilidad o el involucrarse en rituales judíos, a cambio de apoyo económico. Por ejemplo, existen numerosos grupos que ofrecen el servicio de “kadish” a cambio de una contribución. Un sustituto apropiado y devoto, tal vez hasta vestido ritualmente, recitará la oración de duelo diariamente por su ser querido. Tal vez ésta sea una manera efectiva de recaudar fondos, pero refleja un desafortunado mensaje: que es apropiado valerse de otros para delegar nuestras obligaciones religiosas, negando el papel que los judíos “promedio” pueden, y deben, jugar en sus propias vidas religiosas.

Por supuesto, existe una razón para que este enfoque sea tan atractivo: existen aquellos que se encuentran tan alejados de los rituales y prácticas judías, hasta de las más básicas, que se sienten como sus antepasados que trabajaban en el campo, quienes consideraban las bendiciones totalmente fuera de su dominio, y ni siquiera pueden imaginarse a sí mismos entrando a una sinagoga. La mayoría de nosotros, sin embargo, somos como los habitantes de la ciudad, que estaban obligados a entrar y pararse delante de los sacerdotes mientras estos ofrecían su bendición. Podemos apoyarnos en los líderes religiosos para que nos recreen experiencias rituales, pero no podemos vivir sustitutivamente a través de esos líderes. A pesar de la urgencia de dejar que otros “sean judíos en nuestro beneficio”, debemos estar presentes física y espiritualmente para experimentar la bendición plena de la presencia de Dios, del rostro de Dios.

Shabat shalom

Fuente: “Unión Judía de Congregaciones de Latinoamérica y el Caribe”, Nasó 5763, http://ujcl.org/Ujcl/?p=1775