Beshalaj – 5778

Parashá Beshalaj

Shmot 13:17-17:16
Por Rabina Daniela Szuster, Congregación B’nei Israel, Costa Rica 

“Y ocurría que, cuando elevaba Moshé su mano, prevalecía Israel” (Shemot 17:11)

En el final de la parashá de esta semana se nos cuenta acerca del primer obstáculo que tuvo el pueblo de Israel, al encontrarse con otro pueblo.
Los hijos de Israel fueron liberados, salieron de Egipto y en el camino, el pueblo de Amalek los atacó. Inmediatamente Moshé le pidió a Ioshua que reúna varios hombres para salir a la guerra.
Es sumamente interesante la descripción que hace la Torá acerca de dicha batalla:

“Y ocurría que, cuando elevaba Moshé su mano, prevalecía Israel; mas cuando bajaba su mano, prevalecía Amalek” (Shemot 17: 11).

¿Qué quiere decir esto? ¿Por qué cuando elevaba Moshé sus manos triunfaban y fracasaban cuando las bajaba? ¿Quiere decir que Moshé tenía algún tipo de poder divino? ¿O que D’s mismo, por medio de las manos de Moshé, digitaba el combate? ¿No eran los hombres quienes realmente estaban luchando?
En el Talmud, Tratado de Rosh Hashaná 29a, los sabios se preguntan acerca de esta situación y concluyen con una respuesta muy profunda. “¿Acaso las manos de Moshé hacían la guerra o la detenían?” El texto explica que en todo momento que los hijos de Israel elevaban sus ojos hacia el cielo y entregaban  su corazón a D’s, ellos se sentían valientes y con fuerzas, en cambio, cuando no lo hacían, decaían y eran vencidos.
Según esta respuesta, la victoria no dependía estrictamente de las manos de Moshé  ni del poder divino, sino de algo mucho más simple y más humano. El triunfo dependía de la propia confianza del pueblo en sí mismo para poder enfrentar este nuevo desafío. Las manos de Moshé no hacían nada sino que cuando el pueblo elevaba su mirada hacia el cielo, se acordaba que hay alguien superior quien les daba  fuerza y apoyo para enfrentar los desafíos de la vida. Sólo en ese momento es cuando recuperaban  valor y coraje.
Cuántas veces nos ocurre, en los diferentes momentos de la vida, en que debemos superar un nuevo obstáculo y sin saber exactamente por qué, nos convencemos de que no somos capaces de superarlo y “exitosamente” logramos fracasar.
Puede ser en un examen, en un nuevo proyecto, en un negocio, o hasta cuando nos enamoramos. Creemos que no somos la persona indicada, la persona ideal que quien está frente nuestro está buscando. Pero a la vez deseamos fervientemente alcanzar aquél lugar, anhelamos aprobar el examen, tener éxitos en el proyecto, negocio o al enamorarnos.
Como nos enseña la parashá de esta semana, lo que se necesita es la propia confianza. No esperar milagros ni líderes salvadores sino tener fe en nuestro creador, quien nos sostiene y fortalece y, además, convencernos de que somos lo suficientemente capaces para alcanzar nuestras metas tan anheladas.
Cuando estemos perdidos, en medio de alguna batalla, con miedo, incertidumbre y desasosiego, dirijamos nuestras miradas hacia el cielo para recuperar la confianza en nosotros mismos sin esperar que manos milagrosas actúen por nosotros mismos.
Como lo dice el Salmo 121: “Alzo mis ojos hacia las montañas: ¿de dónde ha de venir mi ayuda? Mi ayuda vendrá de Adonai, creador de los cielos y de la tierra”.

Fuente: “Unión Judía de Congregaciones de Latinoamérica y el Caribe”, Beshalaj 5774, http://ujcl.org/Ujcl/?p=3542