Iom Kipur 5778

Por Diana Sperling,

Acabamos de pasar Rosh Hashaná, el comienzo del nuevo año. Pero esa fecha es también el comienzo de un período de diez días, Aseret Iemei Teshuvá, los Diez Días de reparación y retorno, período que finaliza en los último minutos de Iom Kippur con la conmovedora ceremonia de Neilá.

Muchos se preguntan por qué el orden no es el inverso: primero Iom Kippur y luego, ya obtenido el perdón (de D’os, del prójimo), la posibilidad de comenzar el año más livianos, “limpios”, desde cero. Pero he ahí la cuestión: el calendario hebreo parece decirnos que en realidad, nunca se comienza como una página en blanco. Que, precisamente, un nuevo inicio es más que nada la ocasión de volver a lo hecho, de revisar las cuentas, de separar lo positivo de lo negativo, de reconocer y enmendar los errores y apreciar los aciertos. Solo se puede corregir el rumbo si estamos ya en camino. No hay comienzo virgen porque los humanos somos seres hechos de tiempo, amasados de finitud y devenir.

A cada rato, en múltiples ocasiones de la vida, el tiempo se descompagina (the time is out of joint, decía Hamlet) y es preciso volver a ordenarlo, encuadernarlo, revisar el orden de las páginas, coser las que se soltaron y emparejar los bordes. El tiempo es ese libro en el que somos inscriptos y en el que escribimos día a día nuevas letras. Y, como un libro, requiere ser leído una y otra y otra vez. Ninguna versión es la definitiva, ninguna interpretación es la total. Las páginas del pasado adquieren nuevos sentidos en cada lectura, el futuro se intuye en las entrelíneas de lo acontecido. Pero esa lectura reactualizada solo puede darse desde el presente.

Los Diez Días que van desde Rosh Hashaná a Iom Kippur son la más clara representación del presente: el aquí y ahora de estar ante nosotros mismos, de cuerpo entero y con la máxima atención; pero también, el presente como regalo. El tiempo es un don. La oportunidad siempre abierta de retornar y enmendar, de reconocer y reparar. Si para Walter Benjamin “cada segundo es la puerta por donde puede entrar el Mesías”, es porque no hay destino ya decidido ni designio cerrado de una vez y para siempre. Estos Diez Días son esa puerta: el regalo de la reparación posible, la invitación al trabajo que cada sujeto puede hacer consigo mismo y con el mundo, la redención como rescate de nuestra a veces olvidada humanidad.

Setiembre 2017, Tishrei 5778